Conos de piedra que miran al poniente: el misterio arqueológico en las sierras de Lavalleja

En lo alto del Cerro Negro, en el departamento de Lavalleja, estructuras de piedra de hasta tres metros de altura se alinean con una dirección precisa: 300 grados. Es el punto exacto por donde se oculta el sol durante el solsticio de invierno, una fecha que para muchas comunidades indígenas marca el inicio de un nuevo ciclo anual. La coincidencia ha despertado interrogantes que hoy comienzan a abordarse desde la investigación científica.

Los denominados conos de piedra, presentes también en zonas de Rivera y Maldonado, han sido registrados en mayor concentración en Lavalleja, donde se identificaron unas 50 estructuras. De ellas, 12 ya fueron analizadas en detalle y otras tantas prospectadas, en el marco de un estudio sistemático impulsado por el Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Patrimonio de Uruguay (LAPPPU), perteneciente a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.

Arquitectura con intención

La arqueóloga Moira Sotelo, integrante del equipo de investigación, reconoce que aún no hay respuestas definitivas sobre su origen y función. “Cuando me preguntás qué son, es difícil la respuesta”, señala. Las estructuras presentan base circular y volumen cónico, aunque también se han identificado variantes truncas, semiesféricas, triangulares y cilíndricas.

Lejos de ser simples acumulaciones de piedra, los estudios indican que existió una selección intencional de materiales. Según explica la arqueóloga Elena Saccone, las rocas fueron elegidas de manera diferencial: algunas para el perímetro, otras para el relleno y otras para salientes que podrían haber funcionado como escalones hacia la cima. Incluso se detectaron piedras que no pertenecen al entorno inmediato, lo que abre interrogantes sobre su posible valor simbólico o estético.

Para el equipo, esa planificación constructiva permite hablar de arquitectura. “Hay una intencionalidad de una forma en un lugar y que perdure al paso del tiempo”, sostiene Sotelo.

Entre el paisaje y el cielo

En Cerro Negro, los conos se ubican en laderas orientadas hacia el poniente. En dos de los casos estudiados, el control visual no es panorámico sino focalizado hacia un sector específico de los valles interiores, que se abren en forma de V hacia el valle conocido como Hilo de la Vida.

El azimut de 300° coincide con el ocaso en el solsticio de invierno. Si bien esta relación aún debe corroborarse mediante estudios arqueoastronómicos, en otros contextos se ha comprobado que ciertos espacios fueron diseñados en estrecha relación con fenómenos celestes. Además de una posible dimensión ritual o cosmológica, los investigadores no descartan que estas estructuras hayan estado vinculadas a áreas productivas o domésticas.

Hipótesis abiertas

Las interpretaciones sobre su función son diversas. Algunas crónicas coloniales mencionan tumbas indígenas o sitios rituales. Otras hipótesis apuntan a mojones utilizados para delimitar territorios en la región del Río de la Plata durante las disputas entre las coronas española y portuguesa.

Sin embargo, las formas cónicas de piedra no pertenecen a una única tradición cultural. Estructuras similares existen en los Andes —como las apachetas asociadas a la caminería inca— y en Europa, donde se conocen como cairns. Esa presencia global obliga a evitar conclusiones apresuradas.

La arqueología reciente también cuestiona la idea de atribuirlas exclusivamente a europeos. “Había mucha mano de obra indígena y africana esclavizada en la manufactura de la arquitectura en piedra”, subraya Sotelo. El posible sincretismo entre diseños europeos, saberes indígenas y trabajo forzado africano complejiza el escenario histórico.

El desafío de la datación

Determinar cuándo fueron construidas es uno de los mayores desafíos. Hasta ahora, la única aproximación cronológica sistemática se realizó mediante liquenometría, técnica que estima la edad mínima de una superficie a partir del crecimiento de líquenes.

El estudio aplicado en uno de los conjuntos indicó una antigüedad mínima de 225 ± 23,5 años, lo que ubicaría su construcción en un período igual o anterior al comprendido entre 1774 y 1821. No obstante, esta datación establece solo un piso temporal, ya que no permite conocer el tiempo previo a la colonización de las superficies por líquenes. En consecuencia, las estructuras podrían ser más antiguas.

Los investigadores coinciden en que serán necesarias excavaciones sistemáticas para obtener datos más precisos. Mientras tanto, el enigma permanece abierto.

Cada invierno, el sol vuelve a ocultarse en el mismo punto del horizonte sobre Cerro Negro. Los conos continúan marcando los 300 grados con una precisión que resiste siglos. Aunque aún no se sepa con certeza quién los levantó ni con qué propósito exacto, hoy comienzan a ser comprendidos como parte de un paisaje construido con intención. Y esa investigación recién empieza.

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