La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología del futuro para convertirse en una herramienta que ya interviene en distintos aspectos de la vida cotidiana. Qué información vemos, qué consumimos, qué creemos y hasta qué decisiones tomamos pueden estar cada vez más condicionados por sistemas algorítmicos.
Esta realidad es el eje del libro “Democracia Algorítmica”, escrito por Christian Gribaudo y Federico Cerri, una obra que analiza el impacto del desarrollo tecnológico sobre las democracias contemporáneas.
Gribaudo, exsenador provincial y actual secretario administrativo de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, presentó recientemente el libro en Montevideo. Su principal preocupación es cómo incorporar los avances de la inteligencia artificial sin permitir que la tecnología termine desplazando a la política, al ciudadano y a los mecanismos democráticos de control.
Uno de los principales cambios está relacionado con la forma en que recibimos información. Las plataformas digitales registran qué contenidos miramos, cuánto tiempo permanecemos en ellos, qué compartimos y con quiénes interactuamos. A partir de esos datos elaboran perfiles que determinan, en buena medida, qué información aparece frente a cada usuario.
Esto significa que dos personas que viven en la misma sociedad pueden estar recibiendo versiones completamente diferentes de la realidad.
La situación adquiere especial relevancia durante las campañas electorales. La utilización de datos personales permite segmentar mensajes políticos según edad, ubicación, intereses y comportamiento digital. A esto se suma la inteligencia artificial, capaz de generar imágenes, videos y voces de candidatos diciendo cosas que nunca dijeron.
Los llamados contenidos deepfake pueden convertirse así en una herramienta de desinformación y generar un problema adicional: que los ciudadanos comiencen a desconfiar incluso de los contenidos verdaderos.
La inteligencia artificial y su creciente influencia sobre la democracia y nuestras decisiones La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología del futuro para convertirse en una herramienta que ya interviene en distintos aspectos de la vida cotidiana. Qué información vemos, qué consumimos, qué creemos y hasta qué decisiones tomamos pueden estar cada vez más condicionados por sistemas algorítmicos. Esta realidad es el eje del libro “Democracia Algorítmica”, escrito por Christian Gribaudo y Federico Cerri, una obra que analiza el impacto del desarrollo tecnológico sobre las democracias contemporáneas. Gribaudo, exsenador provincial y actual secretario administrativo de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, presentó recientemente el libro en Montevideo. Su principal preocupación es cómo incorporar los avances de la inteligencia artificial sin permitir que la tecnología termine desplazando a la política, al ciudadano y a los mecanismos democráticos de control. Uno de los principales cambios está relacionado con la forma en que recibimos información. Las plataformas digitales registran qué contenidos miramos, cuánto tiempo permanecemos en ellos, qué compartimos y con quiénes interactuamos. A partir de esos datos elaboran perfiles que determinan, en buena medida, qué información aparece frente a cada usuario. Esto significa que dos personas que viven en la misma sociedad pueden estar recibiendo versiones completamente diferentes de la realidad. La situación adquiere especial relevancia durante las campañas electorales. La utilización de datos personales permite segmentar mensajes políticos según edad, ubicación, intereses y comportamiento digital. A esto se suma la inteligencia artificial, capaz de generar imágenes, videos y voces de candidatos diciendo cosas que nunca dijeron. Los llamados contenidos deepfake pueden convertirse así en una herramienta de desinformación y generar un problema adicional: que los ciudadanos comiencen a desconfiar incluso de los contenidos verdaderos. Para Gribaudo, el desafío consiste en saber quién diseña los algoritmos, con qué datos trabajan, qué intereses existen detrás de las plataformas y cómo pueden ser auditados. Pero la inteligencia artificial también presenta oportunidades. En la administración pública puede facilitar trámites, responder consultas, automatizar tareas, detectar irregularidades y mejorar los mecanismos de atención a los ciudadanos. Los chatbots, por ejemplo, permiten resolver determinadas consultas sin necesidad de trasladarse a una oficina, hacer filas o atravesar diferentes dependencias. También pueden utilizarse herramientas de inteligencia artificial para mejorar procesos administrativos y parlamentarios. El problema aparece cuando estas tecnologías comienzan a intervenir en decisiones que afectan directamente a las personas. Si un sistema algorítmico participa en la asignación de recursos públicos, la detección de posibles fraudes o la determinación de prioridades, resulta fundamental conocer qué datos utiliza, cómo llega a sus conclusiones y quién tiene la responsabilidad final sobre esas decisiones. Por eso, uno de los principales reclamos es establecer reglas claras para el desarrollo y utilización de la inteligencia artificial. Entre los aspectos centrales aparecen la protección de datos personales, la transparencia de los algoritmos, la supervisión humana y la posibilidad de que los ciudadanos puedan cuestionar decisiones tomadas mediante sistemas automatizados. El debate también alcanza a la participación política. La creciente influencia de las redes sociales puede favorecer una discusión rápida, polarizada y fragmentada, en la que predominan mensajes breves y emocionales por encima del análisis y el pensamiento crítico. Frente a este escenario, Gribaudo plantea la necesidad de fortalecer nuevamente los espacios tradicionales de participación ciudadana y el debate político, evitando que toda la discusión democrática quede reducida a lo qu